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Un relato...

Última respuesta: 20 de marzo de 2005 a las 12:40
20/3/05 a las 10:14

Pongo a continuación un relato publicado en la revista literaria Cuaderno Sie7e en su primer número.

Eternidad.

Leandro Herrero

-¡Júntense un poco más, por favor!
La petición del fotógrafo sonó a súplica desesperada en medio del vasto jardín. Saltaba a la vista que sufría un calvario con ese trabajo. Era un profesional con mucha experiencia en retratos familiares, pero nunca había realizado un encargo semejante.
-¡A ver, los de la derecha, se lo ruego, más al centro! se desgañitaba-.¡Y los de delante que se agachen un poco, que los de atrás no salen!.
Por fin, tras veinte minutos de agotadora colocación, comprendió que le resultaría imposible conseguir una instantánea perfecta, y que la única manera de salir del paso era confiar en su instinto y en una gran dosis de buena suerte. Pegó un ojo al visor de la cámara, cruzó los dedos, enmarcó a aquella multitud lo mejor que pudo y apretó el disparador media docena de veces para curarse en salud. La máquina capturó las imágenes sin más dificultad y su dueño resopló aliviado.
-¡Listo, señores! Ya pueden irse ustedes a donde les plazca.
Una salva de aplausos celebró la libertad recién ganada, mientras la tropa compuesta por más de cuat4rocientos invitados de todas las edades rompía lilas con estrépito. Y en el centro del grupo, erguida con mal disimulado orgullo y rebosando satisfacción, la protagonista de la fiesta recibía el aluvión de besos, abrazos y felicitaciones de aquellas personas, que en su mayor o menor medida llevaban en sus venas la misma sangre que ella. Su nombre era Elisa Mouriño, una recia gallega originaria de las rías bajas, pero en la extensa familia se la conocía como la Abuela. Y aquel día celebraba, sin novedad aparente y con inmejorable aspecto físico, su cumpleaños número trescientos. Para un acontecimiento tan especial se habían congregado a su alrededor casi todos sus descendientes vivos, un completo catálogo de tipos humanos venidos desde más de un centenar de países de los cinco continentes, atraídos además por la insistencia de la Abuela en contar con el mayor número de familiares posible, ya que deseaba hacerles una revelación crucial.
Se tardó más de una hora en sentar a los cuatrocientos comensales a las mesas dispuestas al aire libre; y cuando se hubo realizado tal proeza, los camareros ejecutaron otra aún más complicada: servirles comida y bebida hasta dejarlos satisfechos. En aquel pantagruélico banquete, convivieron en armonía el sanguíneo borsch ruso a base de remolacha y la sopa china de aleta de tiburón; las generosas fuentes de guacamoles se confundieron con el curry indio, y el sushi japonés hizo estupendas migas con el mejor cuscús magrebí, sin dejar de lado la ensalada César al estilo de Nueva Orleáns o los chuletones de reses de la Pampa. Por supuesto, no podían faltar docenas de platos rebosantes de marisco y de pulpo a feira sepultado bajo piedras de sal, en homenaje a la protagonista del día. Tras los postres, mientras el café y los licores de todas las procedencias imaginables corrían como el agua en el día más lluvioso del diluvio universal, doña Elisa puso en pie su todavía más que lozano corpachón de prietas carnes y reclamó el interés de los presentes para tomar la palabra. Un silencio casi imposible, irreal, sustituyó a la feliz algarabía reinante durante la comida. La Abuela se merecía todo el respeto del mundo, y el mundo entero se encontraba allí aquella tarde para rendírselo.
- Queridos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y cuantos estáis hoy aquí reunidos comenzó con su habitual voz pausada y firme, apoyada por un micrófono dispuesto para la ocasión; en las mesas, improvisados intérpretes traducían el discurso a multitud de lenguas-. No podéis imaginar el placer que siento al veros aquí. Sé que habéis hecho un esfuerzo enorme para cruzar el planeta y atender a mi llamada. Mi corazón os lo agradece con un inmenso cariño sus palabras fueron interrumpidas por un conato de ovación que ella reprimió con un gesto de su mano-. Tengo hoy ante mis ojos a la numerosa y entrañable familia que comencé a formar hace ya mas de doscientos setenta años, cuando mi primer marido, que Dios tenga en su gloria, me acompañó al altar como un cordero manso y bueno, porque no era otra cosa el pobrecito risas y nuevos aplausos dispersos-. Después de él, otros hombres me regalaron su amor y sembraron en mí a los más de cuarenta hijos que la fortuna me concedió, germen del centenar largo de nietos y de los incontables descendientes que les han seguido. Muchos han muerto ya otros, por el contrario, acaban de nacer. Bendita sea la vida y su manía de renovarse sin tregua. Yo siempre la he adorado, por eso me he aferrado durante tres siglos a ella. Conocéis de sobra, porque me lo habéis oído contar demasiadas veces, las triquiñuelas que me saqué de la manga para burlar a la muerte en cuantas ocasiones me reclamó: me disfracé de mil formas; cambié de nombre, de clase social y hasta de nacionalidad; vagué sin descanso, aprendiendo otros idiomas, nuevos oficios, asimilando diferentes culturas y religiones; e incluso, como una novelesca condesa de Montecristo, llegué a suplantar la personalidad de alguna infortunada que hubiera fallecido, para renacer así en otro lugar del planeta con toda mi nueva vida por delante. Ha sido una existencia azarosa de luces y sombras; pero, ¡que carallo, me lo he pasado en grande! esta vez le costó un gran trabajo aplacar los aplausos-. Sin embargo, amados portadores de mi propia sangre, he llegado a un punto en el que me veo forzada a descansar, a retirarme de la línea habitual de aventuras y emociones que he mantenido hasta hoy. Y para ello he elegido a un compañero nuevo, un hombre que os voy a presentar enseguida, pero del que os adelanto algunas características: es culto, inteligente, ha viajado incluso más que yo y, a pesar de que tampoco es precisamente un niño, muestra un aspecto jovial y radiante, como si tuviera una vocación de eternidad mayor si cabe que la mía. Veo que las damas se impacientan ante el encuentro. No os hago esperar más, le conoceréis de inmediato. Sin embargo, me vais a perdonar si me reservo una pequeña dosis de misterio y os oculto su nombre, por razones que no viene al caso comentar. Queridos familiares, aquí tenéis a quien va ser mi pareja desde ahora y por bastante tiempo.
Los invitados se volvieron a uno y otro lado a la búsqueda del prometido de la Abuela, pero el caballero sorprendió a todos apareciendo desde detrás de ella, como si hubiese permanecido ahí todo el tiempo sin que nadie reparara en él. Pasada la extrañeza inicial, el recién llegado no defraudó a nadie: resultó ser tan distinguido y atractivo como lo había descrito doña Elisa, un hombre de planta generosa y perfectos modales que regaló a la homenajeada del día una mirada encendida con la que despertó envidias entre las presentes. Sin duda, la matriarca iba a estar muy bien acompañada durante los siguientes años.
La fiesta prosiguió con un baile amenizado por una orquesta de miembros de la propia familia; entre cuatrocientas personas se podían encontrar profesionales de todo tipo y la música no era una excepción. Tras varios compases sobre los que doña Elisa y su novio deslizaron con suavidad incorpórea, ambos amantes desaparecieron entre la frondosidad del bosquecillo anejo al jardín. Caminaron uno junto al otro en silencio, sin miradas ni roces, pero con una visible emoción en sus rostros. Cuando se habían alejado lo que consideraron suficiente, ella se detuvo, se enfrentó a su pareja y habló todo lo serena que fue capaz.
- Durante los años que he pasado escondiéndome de ti, siempre supe que llegaría este momento.
- Nuestro encuentro era inevitable. De hecho, hay quien opina que soy el soberano más justo que existe porque deparo a todos mis súbditos idéntico destino. Pero lo cierto es que por ti siento un cariño muy especial.
- ¿De veras? ¿A pesar de los problemas que te he causado?
- Sí, precisamente por eso. Has sido la mujer más difícil de seducir que recuerdo, y tengo que reconocer que me he divertido.
Ella no pudo reprimir una sonrisa mientras recorría con la vista cuanto la rodeaba: los árboles, cuyas hojas mecidas por la brisa emitían un arrullo balsámico; las flores, destacando como un grito polícromo entre la homogeneidad de la hierba, y por último las nubes, esponjadas como señoras de alta sociedad luciendo vaporosos atuendos a la salida de la ópera.
- Creo que voy a echar de menos todo esto.
- Bueno, quizá lo que vas a encontrar a partir de ahora te agrade aún más.
Elisa consideró durante un instante esas palabras antes de decidirse a dar el último paso.
- Ya estoy lista.
Entonces él, con la misma cortesía de la que había hecho gala a lo largo de la fiesta, le tomó una mano y la aproximó a sus labios para depositar en sencillo beso.
- Un momento, espera -interrumpió ella-. Tengo una última pregunta que hacer. ¿Me me dolerá?
Él balbuceó en los ojos de su acompañante y descubrió que la que había cruzado con arrojo por tres siglos de historia, la que sobreviviera a multitud de guerras, la que había recorrido las convulsas calles de París durante la Revolución francesa y los campos de Polonia en plena invasión alemana, la misma que conociera personalmente a Robespierre, a Napoleón, a Hirohito, a Hitler, a Franco, a Castro sufría las punzadas del miedo, y sintió la necesidad de confortarla.
- Te prometo que a ti no.
Cuando la celebración decayó entrada ya la noche, los aistentes repararon en que la Abuela no se encontraba entre ellos. Alguien recordó haberla bisto pasear por el fondo del jardín en compañía del misterioso caballero y se dispusieron a buscarlos. Tras un buen rato registrando aquí y allá, uno de los nietos de doña Elisa dio la voz de alarma: la matriarca del clan familiar yacía desvanecida en el suelo, desmayadas las gasas de su vestido como alas de una mariposa abatida, y sus facciones mostraban una apacible expresion de descanso.
Los herederos de doña Elisa se afanaron hasta el amanecer en localizar al que consideraban su asesino, pero no apareció. Tampoco lograron identificarlo a la mañana siguiente en ninguna de las imágenes que tomó el fotógrafo durante la fiesta, a pesar de que las examinaron centímetro a centímetro, rostro a rostro, aunque lo cierto es que ni siguiera se pusieron de acuerdo en la apariencia del pretendiente de la Abuela. Cada testigo ofreció a la policía una descripción distinta. Los jóvenes lo recordaban con aspecto aguerrido y un punto amenazador; los ancianos, en cambio, afirmaron que su compañía les resultó familiar y confortadora; hubo incluso quien se refirió a él con indiferencia. Al cabo de una semana de investigación estancada y confusa, ganó fuerza entre todos la idea de que en realidad no existía culpable alguno al que perseguir, y que doña Elisa se había topado con su fin de forma natural. Alguna vez tenía que ocurrir, se resignaron unos. Por mucho que nos duela, nadie es eterno, ni siquiera ella, apostillaron otros. Al fin, su cuerpo fue trasladado a la tierra que la viera nacer tres siglos antes, y depositado para su reposo en la ladera de una colina acariciada por las mareas.
En el mismo instante en que doña Elisa recibía sepultura, pero a varios miles de kilómetros, un bebé rompía a llorar con la ansiedad de la primera vez. Era una niña. Y nada más divisar la claridad del paritorio con los ojillos entrecerrados, su recién estrenada conciencia se iluminó con el soplo pasajero de un recuerdo. Fue un resplandor que duró apenas un segundo y que dio paso enseguida al aturdimiento propio de un neonato, pero que le bastó para saborear con deleite el primer pensamiento de su vida: He vuelto, ¡qué carallo!

s@lu2

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20/3/05 a las 12:40

Nijota,
un relato muy bonito y original.
Me ha gustado mucho!
A mí también me gustaría retirarme a descansar un poco... pero como siempre fui imprevisible, es probable que volviera a esta vida de nuevo... ¡quién sabe! (jajajajaja).

Un abrazo,
Bela7

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